DOCUMENTO DEL MES
DOCUMENTO DEL MES DE MAYO DE 2026
Vida y heroicos hechos del Excelentísimo y Venerable Señor
Don Diego de Arce Reynoso Obispo de Tuy, de Avila y Plasencia,
Inquisidor General y del Consejo de Estado (Madrid, 1695)
Este mes de mayo se inaugura en Las Claras la exposición Una mirada al pasado recuperado: Legado Manuel Díaz López / Miguel Martín y Cajal. Esta exposición recoge una muestra seleccionada entre la gran riqueza de documentos que componen esta donación.
Coincidiendo con este evento, el Archivo Municipal presenta como Documento del Mes un volumen original perteneciente a esta donación. Se trata del ejemplar “Vida y heroicos hechos del Excelentísimo y Venerable Señor Don Diego de Arce Reynoso Obispo de Tuy, de Avila y Plasencia, Inquisidor General y del Consejo de Estado”, escrito por Don Juan Manuel Giraldo secretario del Santo Oficio de la Inquisición. Es un libro impreso y encuadernado en pergamino que narra la trayectoria de quien fuera Inquisidor General, y Obispo de Plasencia entre el 8 de octubre de 1640 y el 10 de diciembre de 1652.
Nacido en Zalamea de la Serena (Badajoz) el 5 de abril de 1585, Don Diego inició su relación con Plasencia en su juventud. Su padre lo envió al Colegio de San Fabián y San Sebastián, el conocido como Colegio del Río, donde ingresó el 17 de abril de 1610. El libro describe su vida estudiantil dedicada por completo al estudio y marcada por una austeridad que conservaría toda su vida. El texto describe la ubicación del centro de la siguiente manera:
“Esta el Colegio a las orillas del Rio Jerte, de la otra parte de la Ciudad, en correspondencia de una Isla amenísima. [Don Diego] entraba siempre por las calles mas escusadas huyendo de la publicidad y los concursos tanto[… ]que no avia visto la Plaça de Plasencia hasta que fue Obispo”.
Tras esta etapa, continuó su formación en el Colegio Mayor de Cuenca en Salamanca, donde perfeccionó sus estudios.
Años antes de ser obispo, Don Diego vivió un episodio mientras residía en la Corte. Conoció a la Madre Francisca de Oviedo, natural de Plasencia. Ella reclamaba una imagen de un Cristo que había dejado en depósito en la parroquia de San Martín. Ante la imposibilidad de recuperarla, le profetizó:
“Mire V.S. que quando sea Obispo de Plasencia ha de hacer, que me den mi Santo Christo”.
Aunque entonces parecía imposible, años después, ya como obispo, cumplió su palabra y facilitó la entrega de la imagen al convento de las Agustinas Recoletas de Serradilla.
Nombrado obispo de Plasencia en 1640, su visita pastoral comenzó en Trujillo, pero se vio interrumpida por la inestabilidad política. El capítulo III relata cómo tuvo que regresar apresuradamente a Plasencia “por el recelo que se tenía de alguna invasión del Portugués”, desvanecido el susto, prosigue la visita”.
Este episodio refleja la inestabilidad del momento y la rapidez del obispo en regresar para atender las necesidades diocesanas.
La vida de Don Diego estuvo marcada por una sucesión de altos cargos e importantes responsabilidades. Fue nombrado Inquisidor General por Felipe IV desde 1643 y posteriormente, Consejero de Estado. Giraldo subraya que aceptó estos honores por obediencia, pues su humildad lo llevaba a rechazarlos.
Su obligación de residir en Madrid le generó una crisis moral, al no poder atender su diócesis:
“Avivándole cada día los escrúpulos, que padecía, por no residir en su Obispado y estado inaccesible la voluntad del Rey para la permisión”
“ha suplicado a V. Magestad en diferentes ocasiones... y V. Magestad no ha sido servido de concedérsela”.
El texto insiste en sus escrúpulos por no residir en Plasencia y en las reiteradas negativas del Rey a concederle permiso. Finalmente, obtuvo autorización para viajar a la ciudad durante un solo mes.
Don Diego impulsó el culto a los santos locales Epitacio y Basileo, organizando una gran procesión el 22 de mayo de 1651. Envió dos estatuas de tamaño natural para el retablo y dotó la fiesta con fondos perpetuos. El relato describe una celebración multitudinaria “que fue la mas lucida y numerosa que se avia visto en aquella Ciudad”.
Se convocó a “todas las villas y lugares circunvecinos, que asistieron con sus curas, cruces y estandartes: Alegraron tambien la multitud, diversas danças, y resonaron en el ayre dulces motetes, y letras de la musica: las calles estuvieron ricamente aderezadas, con ostentosos Altares à trechos; en que se esmeraron tanto las Comunidades; que compitiendose el aliño, y la preciosidad, fue imposible decidir la ventaja”.
La fiesta se prolongó hasta la noche con “muchas luminarias, y hachas en los balcones, y ventanas; (de que no se exceptuò la casa mas humilde, el albergue mas retirado) y cantidad de coetes, y fuegos artificiales, en la Plaça de la Iglesia”.
Al día siguiente continuaron las celebraciones con “invenciones de pólvora, festejos de Toros, Máscaras, Gansos y Sortija”, culminando con un certamen poético.
Un episodio llamativo ocurrió al pasar la procesión por el Colegio de la Compañía de Jesús: la lengua de una campana se desprendió y cayó al suelo sin causar daño, lo que se interpretó como un prodigio.
Don Diego asumió también la costosa empresa de dorar y terminar el Retablo Mayor de la Catedral de Plasencia, una obra que sus antecesores no habían acometido. Contrató a artistas de renombre como Francisco Rizi y Mateo Gallardo, y la inversión superó los 192.000 reales.
“Siguieron la carta Don Francisco Rizi, y Matheo Gallardo insignes Pintores, con Maestros del Arte de Dorar, y otros de Canteria, que subrrogaron el pedestal, y el antepecho, que separa la Capilla Mayor, del cuerpo del Templo, (que uno, y otro eran de piedra tosca berroqueña) en finos jaspes”.
El capítulo VIII del libro destaca la faceta más filantrópica del Obispo. Donó una renta perpetua de más de tres millones de maravedís para asegurar el sustento de los niños expósitos de Plasencia, logrando además que el Rey y otros nobles contribuyeran con más fondos, asunto que le preocupó desde su entrada en la ciudad.
“Desde que entrò en Plasencia, notò con íntimo dolor, el descuido, con que se trataban los niños Expósitos, ò por mejor dezir, el estrago que hazia en su inocencia la necesidad, por no tener dotacion alguna”
Mejoró la atención a los enfermos y supervisó personalmente la gestión del Hospital de Doña Gracia Monroy, incluso desde Madrid.
“Este mismo amor manifestò en los Hospitales con los pobres enfermos, visitandolos, y regalandolos; sin que le entibiasse la distancia, mientras estuvo en Madrid; desde donde cuidaba de ellos”
Reformó la botica, exigiendo mejores medicinas y profesionales, y garantizando sueldos adecuados.
Durante la grave escasez de grano de 1651, gastó 20.000 ducados de su propio bolsillo para comprar trigo en Castilla. Lo vendió a los labradores a 18 reales, cuando el precio superaba los 70, evitando la especulación y permitiendo que pudieran sembrar de nuevo.
“El año de seiscientos y cinquenta y uno, fue estéril en Estremadura; y aviendose apurado las troxes de Plasencia, en el socorro de los necesitados, que crecieron todo lo que la calamidad…”
El libro de Giraldo ofrece además un retrato de la austeridad de Don Diego en aspectos cotidianos e íntimos:
El Cabildo le pidió que comprara calzado nuevo ante sus muy remendados zapatos”, pero él respondió que su espíritu “que era tan poco mortificado, que no podia sufrir zapatos nuevos”.
Enviaba a arreglar prendas tan viejas que no valían ni diez reales.
Un religioso lo sorprendió “remendando unos calzones de paño pardo ordinario”, a lo que él respondió: “Si yo los rompo, ¿no es razón que yo los remiende?”.
Probó ropa de seda, pero la rechazó porque “hacía mucho ruido” y consideraba que gastar en telas lujosas era un robo a los pobres. Aunque tenía litera ( transporte noble a hombros o por mulas), solo la usaba en visitas oficiales; en la ciudad prefería ir a pie.
Ante la imposibilidad de atender simultáneamente sus obligaciones en Madrid y Plasencia, Don Diego solicitó la renuncia al obispado. El proceso culminó en 1651 con la aceptación del Papa Inocencio X. Falleció pocos años después, en Madrid, en 1665.
El libro de 1695 presenta a Don Diego de Arce Reynoso como un prelado poderoso y culto, pero también como un hombre humilde, austero y entregado al servicio de los pobres.











